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Funes el Memorioso

Funes el Memorioso

Ficciones, 1944. Borges, Jorge Luis


Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, s√≥lo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, vi√©ndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crep√ļsculo del d√≠a hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna yaindiada y singularmente remota, detr√°s del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. M√°s de tres veces no lo vi; la √ļltima, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre √©l; mi testimonio ser√° acaso el m√°s breve y sin duda el m√°s pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editar√°n ustedes. Mi deplorable condici√≥n de argentino me impedir√° incurrir en el ditirambo -g√©nero obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porte√Īo; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para √©l esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, "un Zarathustra cimarr√≥n y vern√°culo "; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era tambi√©n un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.

Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del a√Īo 84. Mi padre, ese a√Īo, me hab√≠a llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volv√≠a con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volv√≠amos cantando, a caballo, y √©sa no era la √ļnica circunstancia de mi felicidad. Despu√©s de un d√≠a bochornoso, una enorme tormenta color pizarra hab√≠a escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquec√≠an los √°rboles; yo ten√≠a el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callej√≥n que se ahondaba entre dos veredas alt√≠simas de ladrillo. Hab√≠a oscurecido de golpe; o√≠ r√°pidos y casi secretos pasos en lo alto; alc√© los ojos y vi un muchacho que corr√≠a por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarr√≥n ya sin l√≠mites. Bernardo le grit√≥ imprevisiblemente: "¿Qu√© horas son, Ireneo?"". Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondi√≥: 'Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco". La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distra√≠do que el di√°logo que acabo de referir no me hubiera llamado la atenci√≥n si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la r√©plica tripartita del otro.

Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto.
Viv√≠a con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles. Los a√Īos 85 y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volv√≠ a Fray Bentos. Pregunt√©, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronom√©trico Funes".

Mecontestaron que lo hab√≠a volteado un redom√≥n en la estancia de San Francisco, y que hab√≠a quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresi√≥n de inc√≥moda magia que la noticia me produjo: la √ļnica vez que yo lo vi, ven√≠amos a caballo de San Francisco y √©l andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, ten√≠a mucho de sue√Īo elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se mov√≠a del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telara√Īa. En los atardeceres, permit√≠a que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era ben√©fico el golpe que lo hab√≠a fulminado... Dos veces lo vi atr√°s de la reja, que burdamente recalcaba su condici√≥n de eterno prisionero: una, inm√≥vil, con los ojos cerrados; otra, inm√≥vil tambi√©n, absorto en la contemplaci√≥n de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria yo hab√≠a iniciado en aquel tiempo el estudio met√≥dico del lat√≠n. Mi valija inclu√≠a el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los Comentarios de Julio C√©sar y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que exced√≠a (y sigue excediendo) mis m√≥dicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tard√≥ en enterarse del arribo de esos libros an√≥malos. Me dirigi√≥ una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, "del d√≠a 7 de febrero del a√Īo 84", ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi t√≠o, finado ese mismo a√Īo, "hab√≠a prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaing√≥ ", y me solicitaba el pr√©stamo de cualquiera de los vol√ļmenes, acompa√Īado de un diccionario "para la buena inteligencia del texto original, porque todav√≠a ignoro el lat√≠n". Promet√≠a devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortograf√≠a, del tipo que Andr√©s Bello preconiz√≥: i por y, f por g. Al principio, tem√≠ naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo lat√≠n no requer√≠a m√°s instrumento que un diccionario; para desenga√Īarlo con plenitud le mand√© el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio.

El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicci√≥n entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentaci√≥n de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, not√© que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El "Saturno" zarpaba al d√≠a siguiente, por la ma√Īana; esa noche, despu√©s de cenar, me encamin√© a casa de Funes. Me asombr√≥ que la noche fuera no menos pesada que el d√≠a. En el decente rancho, la madre de Funes me recibi√≥. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extra√Īara encontrarla a oscuras, porque ireneo sab√≠a pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atraves√© el patio de baldosa, el corredorcito; llegu√© al segundo patio. Hab√≠a una parra; la oscuridad pudo parecerme total. O√≠ de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en lat√≠n; esa voz (que ven√≠a de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantaci√≥n. Resonaron las s√≠labas romanas en el patio de tierra; mi temor las cre√≠a indescifrables, interminables; despu√©s, en el enorme di√°logo de esa noche, supe que formaban el primer p√°rrafo del cap√≠tulo xxiv del libro vii de la Naturalis historia. La materia de ese cap√≠tulo es la memoria; las palabras √ļltimas fueron ut nihil non iisdern verbis redderetur aud√≠turn.

Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua moment√°nea del cigarrillo. La pieza ol√≠a vagamente a humedad. Me sent√©; repet√≠ la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al m√°s dif√≠cil punto de mi relato. √Čste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese di√°logo de hace ya medio siglo. No tratar√© de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y d√©bil; yo s√© que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados per√≠odos que me abrumaron esa noche.

Ireneo empez√≥ por enumerar, en lat√≠n y espa√Īol, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sab√≠a llamar por su nombre a todos los soldados de sus ej√©rcitos; Mitr√≠dates Eupator, que administraba la justicia en los veintid√≥s idiomas de su imperio; Sim√≥nides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravill√≥ de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volte√≥ el azulejo, √©l hab√≠a sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Trat√© de recordarle su percepci√≥n exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve a√Īos hab√≠a vivido como quien sue√Īa: miraba sin ver, o√≠a sin o√≠r, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdi√≥ el conocimiento; cuando lo recobr√≥, el presente era casi intolerable de tan rico y tan n√≠tido, y tambi√©n las memorias m√°s antiguas y m√°s triviales. Poco despu√©s averigu√≥ que estaba tullido. El hecho apenas le interes√≥. Razon√≥ (sinti√≥) que la inmovilidad era un precio m√≠nimo. Ahora su percepci√≥n y su memoria eran infalibles.
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los v√°stagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sab√≠a las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y pod√≠a compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta espa√Īola que s√≥lo hab√≠a mirado una vez y con las l√≠neas de la espuma que un remo levant√≥ en el R√≠o Negro la v√≠spera de la acci√≥n del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, t√©rmicas, etc√©tera. Pod√≠a reconstruir todos los sue√Īos, todos los entre sue√Īos.

Dos o tres veces hab√≠a reconstruido un d√≠a entero; no hab√≠a dudado nunca, pero cada reconstrucci√≥n hab√≠a requerido un d√≠a entero. Me dijo: "M√°s recuerdos tengo yo solo que los que habr√°n tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo". Y tambi√©n: "Mis sue√Īos son como la vigilia de ustedes". Y tambi√©n, hacia el alba: "Mi memoria, se√Īor, es como vaciadero de basuras". Una circunferencia en un pizarr√≥n, un tri√°ngulo rect√°ngulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No s√© cu√°ntas estrellas ve√≠a en el cielo. Esas cosas me dijo; ni entonces ni despu√©s las he puesto en duda. En aquel tiempo no hab√≠a cinemat√≥grafos ni fon√≥grafos; es, sin embargo, inveros√≠mil y hasta incre√≠ble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre har√° todas las cosas y sabr√° todo. La voz de Funes, desde la oscuridad, segu√≠a hablando. Me dijo que hacia 1886 hab√≠a discurrido un sistema original de numeraci√≥n y que en muy pocos d√≠as hab√≠a rebasado el veinticuatro mil. No lo hab√≠a escrito, porque lo pensado una sola vez ya no pod√≠a borr√°rsele.


Su primer est√≠mulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplic√≥ luego ese disparatado principio a los otros n√ļmeros. En lugar de siete mil trece, dec√≠a (por ejemplo) M√°ximo P√©rez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros n√ļmeros eran Luis Meli√°n Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napol√©on, Agust√≠n de Ved√≠a. En lugar de quinientos, dec√≠a nueve. Cada palabra ten√≠a un signo particular, una especie de marca; las √ļltimas eran muy complicadas... Yo trat√© de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeraci√≥n. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: an√°lisis que no existe en los "n√ļmeros" El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendi√≥ o no quiso entenderme. Locke, en el siglo xvii, postul√≥ (y reprob√≥) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada p√°jaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyect√≥ alguna vez un idioma an√°logo, pero lo desech√≥ por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no s√≥lo recordaba cada hoja de cada √°rbol de cada monte, sino cada una de las veces que la hab√≠a percibido o imaginado. Resolvi√≥ reducir cada una de sus jornadas pret√©ritas a unos setenta mil recuerdos, que definir√≠a luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era in√ļtil. Pens√≥ que en la hora de la muerte no habr√≠a acabado a√ļn de clasificar todos los recuerdos de la ni√Īez.

Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los n√ļmeros, un in√ļtil cat√°logo mental de todas las im√°genes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o infer√≠r el vertiginoso mundo de Funes. √Čste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, plat√≥nicas. No s√≥lo le costaba comprender que el s√≠mbolo gen√©rico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tama√Īos y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprend√≠an cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discern√≠a el movimiento del minutero; Funes discern√≠a continuamente los tranquilos avances de la corrupci√≥n, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y l√ļcido espectador de un mundo multiforme, instant√°neo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginaci√≥n de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presi√≥n de una realidad tan infatigable como la que d√≠a y noche converg√≠a sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy dif√≠cil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era m√°s minucioso y m√°s vivo que nuestra percepci√≥n de un goce f√≠sico o de un tormento f√≠sico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, hab√≠a casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homog√©nea; en esa direcci√≥n volv√≠a la cara para dormir. Tambi√©n sol√≠a imaginarse en el fondo del r√≠o, mecido y anulado por la corriente. Hab√≠a aprendido sin esfuerzo el ingl√©s, el franc√©s, el portugu√©s, el lat√≠n. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no hab√≠a sino detalles, casi inmediatos. La recelosa claridad de la madrugada entr√≥ por el patio de tierra.

Entonces vi la cara de la voz que toda la noche hab√≠a hablado. Ireneo ten√≠a diecinueve a√Īos; hab√≠a nacido en 1868; me pareci√≥ monumental como el bronce, m√°s antiguo que Egipto, anterior a las profec√≠as y a las pir√°mides. Pens√© que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perdurar√≠a en su implacable memoria; me entorpeci√≥ el temor de multiplicar ademanes in√ļtiles.
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar. 1942